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domingo, 2 de mayo de 2010

ROBERTO ROCA CERDÁ


Si este artículo se hubiera escrito hace unos años, poco habría que decir de la vida de Roberto Roca. Es gracias al trabajo realizado por José María Hurtado para la revista del 60 aniversario de la Caída de Jesús cuando podemos conocer parte de su biografía.

Gracias a él sabemos que su nombre completo es Roberto Roca Cerdá, y que nació en Onteniente (Valencia) el 19 de noviembre de 1892.

Inició sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de la Academia de San Carlos en 1909, tras solicitar y obtener matrícula gratuita. En Madrid, Roca compaginó sus estudios con el trabajo en el taller de Mariano Benlliure, con el que colaboraría durante mucho tiempo.

Su hermano Enrique hizo fortuna en Cuba con negocios de muebles, y con él se fue Roberto, pero no se adaptó y volvió enseguida. Amparo Roca, su sobrina afirma que vio “un Cristo impresionante” de su tío en una iglesia de La Habana.

Sobre su obra, Hurtado Ríos descubre una tesis de Elena de las Heras, de la que se traduce que fue un gran ceramista, y que trabajó para Lladró. En Valencia tiene una escultura a Palas Atenea realizada en cerámica.

En la tesis, Elena de las Heras cita a Manuel González Martí, que hace un repaso a la obra del escultor: la parte ornamental del Pabellón Español de la Exposición Internacional de las Artes Decorativas de Paris en 1925, placas como la de la Calle Roger de Lluria en Valencia, el boceto para el concurso del panteón de Blasco Ibáñez en 1932 (que realizaría finalmente Benlliure) y toda la decoración cerámica del Ministerio de Educación Nacional, Palacio de la Prensa y Círculo de las Bellas Artes en Madrid.

De su obra religiosa se cita un Sagrado Corazón en mármol blanco de cerca de 4 metros para Viver (Castellón), una Santa Cecilia para Alacuás, y para “Totana (Albacete) (vaya lapsus) la imagen de San Roque, la restauración de una Dolorosa de Salcillo, una Resurrección y una nueva figura para un Prendimiento”. De la Caída, ni palabra, aunque conocemos a ciencia cierta su autoría.

He aquí un repaso a su obra escultórica en Tobarra:

- Con la destrucción del grupo escultórico del Prendimiento, obra de Roque López, en 1936, la Cofradía encarga un nuevo paso. La imagen de Jesús, a Roca, en 1940, con precio de 7.500 pesetas. Los sayones, conocidos como Concejo y Morrongo, llegarán en 1946 o 1947 de manos de José Lozano Roca.


Se trata de una imagen de vestir de Cristo, en el momento en que es sorprendido en el Getsemaní. La mano derecha es la que tallara Roque López, que se salvó de la quema.
El Cristo ha pasado por diversas restauraciones, de mano de Lozano Roca, José Zamorano, la desafortunada de Javier González Cerón y la definitiva de Arturo Serra, que recuperó su aspecto original.

- La restauración de la Virgen de los Dolores parece ser también obra de Roberto Roca. Tras la Guerra la imagen de Salzillo solo conservaba la cabeza. ¿Fue Roca el encargado de unirla a un cuerpo? Por la restauración de Javier Bernal Casanova en 1999 se sabe que se utilizó un cuerpo más pequeño de otra imagen para adaptarlo al busto de la Dolorosa. La reconstrucción de la Virgen costó 2665´65 pesetas, costeadas con donativos.

- De 1944 data el Cristo Resucitado, que venía a sustituir a la imagen del Niño Jesús que hasta entonces se venía utilizando el Domingo de Resurrección. Pasa de hermandad en hermandad hasta que la de la Caída se encarga definitivamente de él.


La imagen consiste en un Cristo triunfante que surge del sepulcro, con el sudario que parece ondear al viento. En la mano izquierda porta un banderín, y con la derecha hace el gesto de bendecir. En dicha mano se coloca un clavel al finalizar el Encuentro en el Calvario.
En 2009 la imagen fue restaurada por Antonio Espadas Carrasco, ya que la anterior restauración del Taller Salmerón de Socuéllamos le había cambiado totalmente la tonalidad de la piel. Además se le cambió el banderín por otro realizado por Isidro Algarra a la manera de los palillos tobarreños.

- En 1946, el Ayuntamiento, con la colaboración de algunos empresarios del cáñamo y el esparto, encarga a Roca un grupo escultórico inspirado en la Caída de Salzillo para Murcia.


Cuesta 16.000 pesetas y consta de 5 figuras. En Tobarra lo conocemos como el “Paso Gordo”.
Representa una de las caídas de Jesús camino del Calvario. Este, de rodillas, se apoya con la mano izquierda en el suelo mientras que con la derecha y la mirada al cielo parece implorar piedad.

Dos sayones lo flanquean: uno, conocido como el “Judío de la Guita”, estira de una soga que Cristo lleva al cuello. Al principio lució una verruga que luego sería reducida, y unos ropajes más oscuros. En el lado contrario, el “Judío del Látigo”, que tira del pelo de Cristo mientras que con la otra mano empuña un látigo en lo alto (una maza en el original murciano). La maldad de ambos se traduce en fealdad.

Detrás de estos, dos figuras contemplan la escena: un soldado romano, que a diferencia del de Murcia viste un uniforme más acorde con la época, y Simón de Cirene, que carga con la cruz y en cuyo rostro se refleja tristeza ante lo que ocurre.

Se trata de un paso de contemplación lateral, pero esta perspectiva acentúa la sensación de que se trata de un verdadero cortejo camino del Calvario.

Ha sido restaurado varias veces: Zamorano lo hizo en el 87 cuando se amplió el trono y en el 98, el Taller Salmerón llevó a cabo una restauración, por no llamarla repinte, que ahora la Hermandad parece que solventará de manos de Antonio Espadas, que ya ha recuperado al “Judío de la Guita”.


- La imagen de San Roque se trata de una reproducción de la existente antes de la Guerra. Al igual que aquella, muestra al santo caminando ataviado como peregrino: sombrero de ala ancha colgado a la espalda, conchas en el pecho, calabaza al cinto, y báculo en la mano derecha. La túnica aparece levantada sobre la pierna izquierda mostrando una llaga en el muslo.

A su lado, un perro le ofrece el pan que lleva en su boca.


Por lo visto, el escultor era un bohemio según palabras de su sobrina, y vivía con grandes dificultades económicas. Falleció a los 86 años de insuficiencia respiratoria, el 23 de noviembre de 1978.

Roberto Roca posiblemente murió en la pobreza y fuera sepultado en una fosa común del Cementerio de Valencia, según cree su familia. Pero en Tobarra su obra mantendrá vivo su recuerdo.


Bibliografía:

- “Roberto Roca Cerdá. Escultor del Paso Gordo”. José María Hurtado Ríos. Revista del 60 Aniversario del Paso Gordo en Tobarra 1946-2006.

- “La Hermandad de Jesús del Prendimiento en la Semana Santa de Tobarra”. Guillermo A. Paterna Alfaro. Libro de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús del Paso del Prendimiento y la Oración en el Huerto 1804-2008

- “La escultura pública en Valencia. Estudio y catálogo”. Tesis doctoral de Elena de las Heras Esteban. Universidad de Valencia, 2003.

- “La Caída, primera gran composición procesional de Francisco Salzillo”. Antonio Zambudio Moreno. www.lahornacina.com

Fotos:

José Rafael Navarro
Retrato de Roberto Roca cedido a José María Hurtado por Amparo Roca

miércoles, 12 de agosto de 2009

ALBACETE, PARAÍSO NATURAL


Recientemente ha llegado a mis manos un recomendable libro con fotografías de la provincia de Albacete: "Albacete, paraíso natural", de Antonio Manzanares.

"La Diputación de Albacete ha editado el libro Albacete, Paraíso Natural, con fotografías y textos de Antonio Manzanares, ya a la venta en las librerías de Albacete.
Con la edición desde la institución se pretende difundir una imagen de la provincia de Albacete que normalmente se escapa de la impresión que se puede tener de ella, acercándonos a parajes recónditos y mostrando la riqueza de la fauna y flora que habita en ellos.

La edición de este libro responde al interés de la Diputación en dar a conocer el patrimonio natural de nuestra provincia, ya que si las Administraciones tienen la obligación de conservar y preservar el medio, también es su cometido divulgarlo.

El libro consta de 471 imágenes, repartidas en 30 capítulos dedicados a distintas zonas de la provincia, y se completa con los textos explicativos del autor, Antonio Manzanares, quien comentó en la presentación del libro que todas las imágenes son resultado de su pericia como fotógrafo naturalista y de su conocimiento de la naturaleza, asegurando que el éxito de una instantánea no viene garantizado por la calidad del equipo.


En las fotografías podemos observar secuencias que por ejemplo nos muestran un águila culebrera engullendo una culebra; un jabalí en un encinar; una cabra montés pastando en la zona del estrecho del Hocino (Salobre), etc.

Manzanares sigue tres reglas a la hora de realizar su trabajo: la primera, estudiar con detenimiento los modos y comportamientos de los animales; la segunda, respetar de manera escrupulosa su hábitat; y la tercera, abandonar en el momento que el animal detecte la presencia y se sienta amenazado o en riesgo."

Fuente: Alba City

Del pueblo aparecen fotografías de los Saladares de Cordovilla, la Laguna de Alboraj, el Eremitorio de Alborajico y la Sierra de Abenuj, así como de su flora y fauna: el Heliantemo de Cordovilla, el Rabogato, la mariposa Macaón, el Pito Real, y el Buho Real, entre otros.

EL AUTOR

Antonio Manzanares Palarea nació en Tobarra el 15 de febrero de 1948.

"Desde muy niño disfrutaba acechando a los animales mientras se ocupan de sus menesteres cotidianos y de sus cuestiones supervivenciales. Primero fueron las hormigas y el resto de insectos los que mejor ilustraban ese gran libro que se abría ante él, la naturaleza de los campos tobarreños, pletóricos de sorpresas y de deleitosos descubrimientos a cada paso. De sus correrías podrían hablar de él, de poder hacerlo, primeramente la laguna de Alboraj, con los cerros de Alborajico, las huertas de Polope y los cerros de Sierra y Cordovilla; por otro lado, la sierra de Abenuj, con sus Entresierras, y los barbechales y rastrojeras donde revoloteaban los cernícalos primillas a la caza de insectos. Las Quebradas también fueron campo de exploración para el joven curioso, con sus cuevas y sus murciélagos.

Antes del amanecer, en sus días libres, salía del pueblo, ufano y gozoso, como el Quijote, - los días más jubilosos eran los que disfrutaba en compañía de sus amigos - con su bicicleta, sus prismáticos, su cantimplora y su morral, donde guardaba, aparte del bocadillo, la Guía Peterson para identificar aves, un lápiz y un cuadernillo. Me consta que aún conserva esos preciados tesoros.

Con el tiempo, también las plantas llamaron la atención del joven curioso, aunque todavía no se habían descubierto las dos rarezas botánicas de Tobarra (la Sideritis serrata, de la sierra de Abenuj, y el Helianthemum poligonoides de Cordovilla). Y ese nuevo interés por el mundo vegetal nacía de la necesidad de relacionar a las plantas con los animales (comida, hábitat, refugio, etc). Estaba practicando, sin tener conciencia de ello, las dos modernas ciencias, de las que entonces apenas se habían acuñado sus nombres, la ecología (la relación de los seres vivos entre si y con el medio ambiente) y la etología (el estudio del comportamiento animal).

Cuando se hizo maestro - que dos razones le tentaron a elegir ese oficio; por un lado, la vocación de enseñar, y por otro, la posibilidad de seguir permaneciendo cerca de los campos, tan ncesarios ya en el tipo de vida que había elegido - siguió compaginando sus dos quehaceres vocacionales: el oficio de enseñar con el arte de observar la naturaleza. De ahí el sobrenombre con que lo llamaron compañeros y alumnos, "el maestro de los pájaros" para unos, y "el maestro de los bichos" para otros.

Tan grande era su pasión por observar y fotografiar - ya había llegado una buena cámara a su equipo de naturalista - que después de veintiún años dedicados a la enseñanza cesó su actividad docente para dedicarse a la divulgación científica, como fotógrafo especializado en la naturaleza y como escritor. Ya tenía dos buenas herramientas para defender a sus queridos seres vivos, su cámara de fotos y su pluma.

Por entonces se multiplicaron los viajes por selvas, montañas y sabanas, que casi nunca fueron viajes de placer físico - en algunas ocasiones, con riesgo de la vida y, casi siempre, muy duros -. Sin embargo, fueron viajes muy satisfactorios desde el punto de vista intelectual y siempre de gran disfrute espiritual.

A partir de ahí vendrían los artículos, los libros, las exposiciones y algunos reconocimientos nacionales e internacionales. Y durante todo ese tiempo, algo que siempre llevaba encima, como la mochila en el viaje, era el recuerdo de su patria chica, Tobarra, y el de su tierra manchega. Y aquí."

Jesús Iniesta Jiménez, director de la revista Natura


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